Hay escritores que se leen, y hay escritores en los que se habita. Julio Cortázar, nacido un 26 de agosto de 1914, pertenece sin duda al segundo grupo. Con su figura larguísima, su aire de profesor distraído y su alma de niño curioso, Cortázar fue el “cronopio” mayor, el autor que nos enseñó a buscar pasadizos secretos en la rutina y a encontrar lo fantástico al otro lado del espejo de lo cotidiano.
Aunque su novela Rayuela es la obra que demolió las estructuras de la narrativa hispanoamericana, el corazón de su genio late con más fuerza en sus cuentos. Cortázar era un maestro de la distancia corta, capaz de construir en pocas páginas una atmósfera de extrañamiento e inquietud inigualable. En “Casa tomada”, un miedo sin nombre va ocupando los espacios de dos hermanos. En “La noche boca arriba”, el sueño de un hombre accidentado en moto se entrelaza con el de un moteca huyendo de los aztecas hasta que las fronteras se disuelven. Y en “Continuidad de los parques”, el lector de una novela se convierte, sin saberlo, en la víctima del propio libro que está leyendo.
Luego llegó Rayuela en 1963, y nada fue igual. Más que una novela, fue un artefacto, una bomba de tiempo contra la figura del “lector-hembra”, ese lector pasivo que solo sigue la trama. Cortázar exigía un “lector-cómplice”, alguien dispuesto a saltar, a elegir su propio camino. Con su famoso “Tablero de Dirección”, nos invitó a leer la historia de Oliveira y la Maga de una manera no lineal, demostrando que toda vida está hecha de múltiples vidas posibles.
Pero su revolución no fue solo estructural, sino también lingüística. Jugaba con el lenguaje como si fuera masilla, creando el “Gíglico” para que sus personajes se amaran en un idioma que solo ellos entendían, pero que el lector sentía en un nivel puramente emocional. Su obra es un gigantesco “manual de instrucciones” sobre cómo darle la vuelta a la realidad, cómo encontrar el humor en la melancolía y cómo vivir con la certeza de que la lógica es solo una de las muchas maneras de estar en el mundo. Cortázar nos dejó un legado invaluable: la libertad.

